Decía el filósofo francés, Jean le Rond D'Alembert, que "la guerra es el arte de destruir hombres, la política es el arte de engañarlos."
Cuando decidí ingresar al Partido de la Liberación Dominicana (PLD), con tan sólo 15 años, en pleno desafío a mis padres, ambos, en aquella época, 1997, miembros activos del Partido Revolucionario Dominicano (PRD), puse en juego muchas cosas. No me había yo juramentado bien cuando de repente fui víctima de un “bloqueo” casi tipo Cuba. Fui despojado de la llave de la casa. Ya no me planchaban la ropa y fui victima de fuertes recortes presupuestarios, tan profundos que casi me veo obligado a vender Vanguardia del Pueblo para poder sobrevivir.
No fui al PLD detrás ni de carguitos ni de sobrecitos. Fui porque creía en aquella organizacion, que, a través del ejemplo de su gran líder, el profesor Juan Bosch, y de su sistema de formación política, a través de los Círculos de Estudio, era, eso pensaba, la organización idónea para encabezar y dirigir las grandes transformaciones que demandaba, y sigue demandando, la Nación dominicana.
El PLD, que gracias al pacto con el Dr. Joaquín Balaguer, había ganado las elecciones de 1996. El PRD le arrebató el poder en el torneo electoral de 2000, pero cuatro años más tarde, el Partido de la estrella amarilla y el fondo morado estaba de regreso en el gobierno para 2004.
Heredando una gran crisis económica, en los primeros dos años, el Partido de la Liberación Dominicana saca buena nota en el plano económico y logra estabilizar el dólar, y con la “pastillita” de la estabilidad y agresivo endeudamiento externo, mitiga el dolor de cabeza inflacionario que vivía el país. Pero en materia institucional y de lucha contra la corrupción el PLD saca 0 y las ilusiones de transformación se desvanecen. Las instituciones son entregadas al mejor postor y se inicia el proceso de repartición del presupuesto nacional sin precedentes desde la fundación de la República el 27 de febrero de 1844.
Ya en 2007 les decía a mis compañeros en la universidad: “señores el PLD no es la organización que va a dirigir las transformaciones que requiere este país…el Partido esta corrompido”. Yo estaba claro.
En 2010 abandoné las filas del PLD, con los sueños rotos y las ilusiones perdidas. Bosch había recibido una puñalada en la espalda. Fue traicionado. El pueblo también, muy especial la juventud.
Dos años más tarde, en enero de 2012 ingresé al Partido Revolucionario Social Demócrata (PRSD), presidido por ese GIGANTE de la política nacional, Hatuey De Camps Jiménez. No me arrepiento.
El PRSD es un partido abierto y de grandes oportunidades para la juventud dominicana, pero
Si la política es traición y búsqueda de beneficios para satisfacer apetencias personales y engordar cuestas bancarias, entonces, admito, me declaro incompetente. Sáquenme de eso, pues.
Si hacer política es tener un letrero “Se Vende” o un “666” marcado en la frente, entonces ¡LA POLÍTICA NO ES PARA MI!










